PEQUEÑAS HISTORIAS. 1

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Los Amantes de las Flores
La abeja dormía su sueño de meses bajo la tierra, pero algo comenzó a anunciarle la llegada de la primavera. ¿Cómo lo supo? ¿Quién le había avisado, tan guardada y escondida? Quizás el suelo había calentado avisándole del cambio de estación o quizás estaba respondiendo a un calendario interno. El hecho es que esa morada que le había servido de cuna, palacio, reino, universo entero, donde había estado tan cómoda durante los calientes meses veraniegos y los fríos del invierno, se convirtió repentinamente en una prisión intolerable necesitaba encontrar la salida.
Había nacido en esa celdilla la primavera pasada y había crecido bien provista por su madre de un alimento que consistía en una mezcla de polen y néctar de flores. Después, como la bella durmiente y sin haber usado nunca sus alas, sus antenas, su cuerpo entero, había caído en un profundo sopor que nada disturbaba. Pero ahora, movida por una gran urgencia empezó a aflojar los granitos de tierra y de arena con sus mandíbulas, luego fue pasando ese material hacia atrás y poco a poco siguió trepando camino arriba, sin titubeos, con una certeza transmitida por una memoria racial milenaria.
El trabajo era arduo pero ella era joven y fuerte, sus mandíbulas muy apropiadas para aflojar la tierra seca y dura y sus patas ágiles y sorprendentemente poderosas; su determinación la empujaba sin desmayo y así llegó a la superficie en pocas horas.
Cuando asomó su cabeza a la superficie la recibió un cúmulo de nuevas experiencias anonadadoras: torrentes de luz, de olores nuevos y de sensaciones desconocidas. Desplegó sus alas por primera vez en su vida y casi sin saberlo se encontró flotando en el espacio. Batiendo las alas como si así lo hubiera hecho siempre giró y zigzagueó, subiendo y bajando y haciendo mil piruetas. Mientras lo hacía iba tomando conocimiento del lugar de su nacimiento que no había visto nunca. Bebió y se embriagó en todo ese bombardeo de sensaciones, toda la luz, la inmensidad que la rodeaba, su nuevo poder de vuelo. No parecía fatigarse. Un pájaro hambriento quiso atraparla al vuelo pero perdió su oportunidad, no por pericia de ella sino por pura casualidad. Después aprendería a ser cuidadosa.
Descubrió esa mañana que era parte de una pequeña población donde otras abejas como ella estaban también emergiendo de su largo sueño y, como ella, se enloquecían de amor a la vida que les brindaba tanto. El sol resplandeciente se reflejaba en sus alas.
A veces, si caminas por un prado en un día soleado de primavera en el momento apropiado y miras hacia el cielo puedes verlas; son como puntitos de luz, casi etéreos, en constante movimiento.
Algunos machos habían emergido el día anterior y, ya pasada la primera embriaguez, se sentían poseídos de una nueva urgencia. El aroma que emitía nuestra abejita era excitante y fascinante, no tardó en acercarse uno de ellos magnetizado por su presencia y pronto le siguieron tres o cuatro más. La abeja los eludió repetidamente y ellos insistieron. No era que ella no tuviera interés, ahora también comenzaba a sentir la atracción, pero como sabiendo que solamente el mejor candidato era merecedor de sus atenciones siguió volando, subiendo más alto, con sus seguidores casi al alcance. Quería darles a sus descendientes el regalo del mejor padre que pudiera encontrar, fuerte y tenaz. Así fue que finalmente uno de ellos le dio alcance, entrelazaron sus patas e hicieron contacto. No había necesidad de descender a la tierra, ese amor alado podía ser consumado en el aire.
Después de tan breve romance y llevando ya el esperma del macho dentro de su cuerpo se volvió toda madre; de ahora en adelante la movería un solo propósito: asegurar el porvenir de sus futuros hijos, pasando el legado de su madre a la cual no había conocido pero que había llevado a cabo su crianza en forma tan efectiva.
Al descender comenzó a buscar un lugar para hacer el nido y ¿qué mejor lugar que cerca de su propia cuna? Volvió a ese pedazo de terreno bien soleado, a salvo de inundaciones y con tierra no cubierta de vegetación para poder empezar su excavación. Aterrizó y comenzó a caminar en círculos, eligiendo su lugar preferido; pero otra abeja, quizás su propia hermana, había llegado antes y comenzado su tarea; con un zumbido le hizo saber que no quería competencia. No había necesidad de pelear, no tardó en encontrar otro local tan bueno como el primero y emprendió su nueva tarea; tal como lo había hecho su madre hacía un año empezó a aflojar granitos de tierra y a moverlos hacia un lado.
Este trabajo era aún más arduo que el de abrir su propia celda, la tierra estaba mucho más compacta pero tenía mucho tiempo; siguió trabajando hasta que se dio cuenta de que tenía sed y hambre. Era hora de buscar comida y entonces se dirigió al prado cercano donde había muchas flores. Un delicioso aroma le decía que allí iba a encontrar lo que buscaba. Luego sus ojos enfocaron en las flores que se destacaban por sus radiantes colores en contraste con la vegetación, que a sus ojos, aparecía gris y monótona. Al acercarse a la flor vio el camino hacia el recipiente de néctar porque la flor había pintado líneas de otro color para facilitar su tarea. Bebió el néctar rápidamente porque apenas era una gotita así que tuvo que visitar varias flores más hasta que consiguió saciarse.
Regresó a su trabajo y continuó con todo su empecinamiento, pero ya caía la noche y estaba cansada, además el frío comenzaba a entumecer sus músculos. Así durmió en el huequito que había alcanzado a hacer ese primer día.
Al día siguiente, después que el sol la calentó suficientemente, retomó su actividad. Trabajaba asiduamente pero sin apuro, aún había tiempo, los huevos que llevaba adentro no estarían listos por varios días y en ese entonces, con seguridad que el nido estaría debidamente preparado. Siguió cavando hacia abajo, pero a un punto, hizo un zigzag, que sería su propia morada en noches subsiguientes, segura y fuera de la vista de posibles atacantes. Continuó por dos o tres días más hasta que algo le dijo que ya era suficiente. Entonces cambió la dirección del túnel, haciéndolo casi horizontal por un trecho y allí lo amplió hasta formar una sala espaciosa. Hasta entonces había alternado esta actividad con visitas a las flores y había bebido néctar cuando lo necesitaba.
Ahora entraba en otra etapa, quería preparar la celdilla para su futuro habitante y proveerla del alimento necesario. Ahora, cuando visitaba las flores recogía no sólo néctar sino también polen, el cual transportaba en sus especiales canastillas en las patas posteriores. ¿Cuántos viajes tuvo que hacer? Y ¿Cuántas flores visitó en cada viaje? Muchos, muchos. . . El tiempo seguía transcurriendo; en total le llevó varios días preparar esa bola de pasta dorada que era una mezcla de néctar y polen y que sería todo el alimento que su heredero necesitaría para completar su crecimiento. Al final de ese plazo depositó un huevecito pulido como una minúscula perla y comenzó a cerrar nuevamente la entrada a la celdilla y el túnel lateral que llegaba a ella.
Ahora le tocaba excavar otro túnel lateral similar al primero donde depositaría otro huevo después de almacenar suficiente alimento. Y así transcurrieron un par de meses. Las futuras abejitas iban creciendo dentro de sus celdillas, totalmente ignorantes a todo lo que ella estaba haciendo. Algunos días llovía o el viento soplaba con furia y no podía salir a trabajar; un día, sin saberlo, escapó de una muerte repentina; al acercarse a una flor notó algo ligeramente fuera de lo ordinario, pero no le dio mayor importancia. Una araña cangrejo estaba agazapada dentro de una corola, su color haciendo juego con el de la flor y muy difícil de ver. Afortunadamente para ella, otra abeja llegó primero y cayó víctima del veloz ataque de la araña. Aún sin darse cuenta de lo ocurrido nuestra abeja siguió, ligeramente fastidiada de verse interrumpida por su competidora, y llegó a otra flor donde estuvo a salvo.
Llegó un día en que salió como de costumbre a buscar provisión; le costaba mucho volar, sus alas tan nuevas y brillantes el primer día, tan poderosas, se habían ido gastando y presentaban un borde deshilachado. Cuando se cargó de polen como era habitual lo encontró extremadamente pesado; a ese entonces se había levantado viento y empezó a soplar cada vez con más fuerza. El viento sumado al peso de sus canastas y a sus alas raídas le impedía alzar vuelo y cayó rodando al suelo. Intentó una y otra vez volar de vuelta al nido pero no podía y, finalmente, con un último estremecimiento y sin lamentos, se entregó a lo inevitable; su misión estaba cumplida: la futura generación estaba a salvo y bien provista para poder repetir el ciclo la próxima primavera. Así terminó esa pequeña vida de flores soleadas y de túneles oscuros y secretos. Photobucket
Beatriz Moisset

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