El Minotauro, Borges y Asterión

En su cuento “La casa de Asterión”, incluido en el libro El Aleph, Jorge Luis Borges efectúa un original hipertexto del mito de Teseo y Ariadna. El escritor argentino ficcionaliza y personifica al minotauro, esa bestia mitológica híbrida, a quien le atribuye el derecho a un nombre propio.

Este intertexto desplaza al semi-toro de su condición de victimario para convertirlo en víctima, gracias a la eficaz utilización del conocido procedimiento de intertextualidad.

Existen dos focos narrativos: la focalización interna en primera persona protagonista y la focalización externa en tercera persona, cuando Teseo finalmente comenta a Ariadna que la bestia no se había resistido a morir. Aquí asistimos a una elipsis temporal, laguna de acción sugerida por el blanco tipográfico que diferencia visualmente la presencia de ambos narradores.

A diferencia de la salvaje bestia alimentada de víctimas humanas –el obligado tributo de Atenas a Creta–, Asterión es inocente del mal que provoca. Los hombres que ingresan a su “casa” mueren sin explicación, o al menos él no la revela... ¿Mueren del susto? ¿Los asesina sin saber que los está matando? ¿O la esperanza de la muerte anula toda conciencia de maldad?

Es que el minotauro considera la muerte como una salvación del suplicio, del encierro auto-impuesto al que se ha sometido en el laberinto de Cnosos, luego de sufrir la marginación del vulgo exterior. Su soledad y aburrimiento necesitaban fin. Desde que un prisionero profetizó la llegada de su redentor, aguarda esperanzado la salida de la cárcel...

Este cuento es una clara alegoría cristiana. En el mensaje literal encontramos a una bestia humanizada, que reflexiona y sufre. La lectura subliminal nos revela al hombre. El laberinto es metáfora del mundo. El redentor –Teseo, según un abordaje superficial– alude a Cristo, cuya llegada garantizará la trascendencia humana en el más allá, en virtud de las acciones buenas. Y el “lugar con menos galerías y menos puertas” es evidentemente el cielo, paraíso.

Como vemos, la mirada borgiana reformula la imagen negativa que la tradición había construido en torno al salvaje minotauro, convirtiéndolo en una criatura digna de compasión.

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