En el umbral de la vida


«En el umbral de la vida todo comienzo es una acto de violencia. El corte umbilical representa el primero de estos símbolos cruentos a que deberemos enfrentarnos a lo largo de su desarrollo y crecimiento»; y digo esto porque demasiadas veces se oyen voces, que sorprendidas, se lamentan de lo incomprensible de esta manifestación en el entorno de las “ideas puras”. Más puro que Jesús el crucificado, pocos, y sin embargo, su desenlace está rodeado de dolor y sufrimiento por todas partes. Por lo tanto: «La violencia es».
La violencia, es un hecho consustancial a la vida, también la hostilidad; pero en este campo de actuación, sí que es determinante diferenciar entre la condición, por obviar las causas, por la cuál damos a cambio nuestra propia vida, y la que indiscriminadamente va haciéndose a base de pisotear los derechos de nuestros semejantes. Un ser humano puede encontrarse ante la circunstancia de tener que defender su vida por encima de todo, y contra todo; o ante la misericordia de perdonar las actitudes agresivas, que dirigidas contra él, son ejercidas por parte de una persona o grupo de personas: individuo, estado o nación. Lo más difícil de todo, en estos casos, será indudablemente perdonar: dos extremos en una misma tabla de valores.
Ahora bien, si lo que resulta es que al hombre de ayer y de hoy, lo que le encanta, le sublima, le excita, es ejercer violencia indiscriminadamente, siempre que puede; porque esta violencia le hace sentirse poderoso, y amo del futuro, y dueño del presente en beneficio suyo, nos encontramos, en pocas palabras: con que «tomarse o beberse la “sangre” de otros, tal como siguen haciéndolo ciertas tribus salvajes, tribus urbanas, o ciertos estados soberanos», es una manifestación más de la decadencia de la especie.
No seamos hipócritas: el que mata o el violento, mata porque le gusta y porque en ello encuentra un medio de alimentar su insaciable sed de poder universal. La muerte de origen “vertical”, asociada a una flor, por ejemplo: que florece antes de marchitarse, es un desenlace que contiene en sí mismo un acto de superación; pero la “violencia horizontal” que florece sobre los cadáveres de seres inocentes y desamparados, sólo puede emanar de fieras sanguinarias que sólo son capaces de ver, a través de ellos mismos –y se lo tienen por muy creído—, los designios de la historia universal: ya sea en nombre de Dios o en nombre de valores morales de dudosa reputación.
La gran prostituta se ha hecho dueña de la finca, y cobra por el derecho de paso a todo aquél que intenta atravesar su coto sin haber abonado, previamente, su debida exacción.
Al día de hoy la violencia es ejercida execrablemente, y sin distinción de sexo o raza: por dinero, por capitales, por educación, por especulación, por abuso, etc.; y esto se está extendiendo como una epidemia maligna estimulada por la “Globalización”.
Un sendero despejado será para las rapiñas (hienas) este camino nuevo abierto hacia los cuatro vientos, y desde el que soplará un aire desolador que hará tambalearse los cimientos de la historia y los pilares de la ilustración. Pues nada podrá sembrarse que fructifique, si la semilla que esparces va cayendo sobre una tierra empobrecida (árida) e inculta, extenuada por la injusticia y la corrupción. Este cántaro, al final, exudará putrefacción.
Nadie educa o alimenta a un ser querido para sacrificarlo después, y si esto es lo que en realidad está ocurriendo en muchos lugares del mundo, pregunto: ¿es justo que un recién nacido se muera, porque nosotros, los beneficiarios de la materia prima, seamos incapaces de orientar parte de nuestras manufacturas, para evitar que se verifique esta cruel realidad sobre el vulnerable cuerpo de un niño, al que no se le ha podido inyectar una cánula que le suministraría un suero que le salvará la vida?

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